Por: Paola Garzón
Es
algo horrible sentir hambre, nunca he estado en la posición de no tener que
comer, pero ha habido momentos en que por no haber comido a tiempo me da mucha
ira, dolor de cabeza y frustración. Ahora
bien, me imagino que no tener que comer y no saber cuándo habrá, debe producir
fuertes sentimientos de rabia, frustración y tristeza. Lo mínimo que necesita
una persona para poder pensar con claridad, es comer.
En el
primer discurso que dio Hitler como primer ministro de Alemania decía que en
ese momento había seis millones de personas sin empleo, que no tenían nada que
comer, ni nada para resguardarse del frio, que algunas personas estaban tomando
la decisión de suicidarse, y que esa debía ser una decisión muy difícil de
tomar. Nada justifica las políticas que
luego tomó su gobierno contra la población judía, pero se entiende porque las
personas lo siguieron y que los llevo a hacer lo que hicieron contra una
población que en ese momento gozaba de buenos recursos económicos.
Asimismo,
se entiende porque ha habido tanta agresividad y violencia en nuestro país, en
los últimos 60 años. Al igual que en Alemania, nada justifica la violencia, pero
es entendible lo que el hambre, la desesperación y la desesperanza pueden
llevar a hacer a la gente. Más aún
cuando vivimos en un país que se encuentra en el décimo lugar de los países más
desiguales del mundo (índice Gini de 57 a 2010), dónde el 33% de la población
se encuentra por debajo de la línea de pobreza.
Dónde cada 33 horas muere un niño menor de 5 años por desnutrición, de
acuerdo a las estadísticas del Instituto Nacional de Salud.
En un
país supremamente rico en recursos naturales y en tierras cultivables, está
situación es inaceptable. Mi opinión, es
que el gobierno debería enfocarse primero que todo en la seguridad alimentaria
de los habitantes, en mejorar la cadena de suministro de alimentos para las
poblaciones apartadas y vulnerables, en asegurar que estas personas reciban al
menos dos comidas diarias y entregarles estas ayudas en especie y
contabilizarlas como subsidios e ingresos de esta población.
Se
deberían crear mecanismos de apoyo a los campesinos asegurándoles una compra
mínima de sus cosechas que les permita mitigar los costos y los riesgos de
cultivar, y esquemas para hacer llegar estos alimentos a los comedores
comunitarios de pueblos y ciudades. Por
un lado, se apoyaría el agro colombiano y por otro se aseguraría la
alimentación básica de los habitantes. También
sería una excelente manera de contribuir a la paz, puesto que una persona bien
alimentada, se puede concentrar, puede estudiar, puede evaluar opciones y
buscar soluciones razonables y pacificas a sus problemas.
No se
trata de políticas populistas. Considero
que las políticas sociales, así como las políticas económicas que incentivan la
inversión extranjera y la creación de empresa pueden coexistir mientras ambas contribuyen
al bienestar de la población, al crecimiento económico, a la generación de
empleo, a la convivencia pacífica y respetuosa de las libertades individuales y
del estado de derecho. Se trata de
buscar soluciones creativas, producto de nuestra propia realidad, de nuestros
propios recursos, capacidades y condiciones, que no son las mismas de otros
países de Europa o América, sino producto de nuestra iniciativa y de tener la
conciencia para entender que hacemos parte de una misma comunidad y que parte
de ella lo que necesita, es comer.